el adolescente llora. se seca sus ojos con un ya mocoseado pañuelo desechable y se le corta la voz al evitar romper en sollozos. todo chile lo está viendo y él siente vergüenza. el país entero lo condena. la sociedad entera lo condena. y él lo sabe. trata de justificar otras cosas, pero la culpa mayor no sabe cómo justificarla y solo atina a pedir perdón. otras cosas pueden comprenderse, menos eso. "disculpe" atina a decir.
¿tendrá ya 16 años? ¿sabrá lo que es la responsabilidad penal? sin embargo, ya sabe muy bien lo que es un juicio social sobre su actuar lingüístico. su miseria está ahí graficada. el desprecio del locutor, ese desprecio absoluto y profundo, se vehiculiza en su falsa condescendencia registral. "no se preocupe. el coa es el lenguaje delictual". sentencia. juicio de experto. miseria. desdén. basura.
sin poder considerar suficiente el peso de llevar una carga de adicción y delincuencia, el adolescente llora y baja la cabeza, avergonzado, porque su lenguaje también le pesa y debe ser explicado al gran juez invisible que es el público, público ávido de sangre discursiva. flaite. flaite. flaite. ratero. ratero. ratero. "estoy traduciendo a la gente que no entiende el coa" precisa con una fiereza atemorizante el conductor del programa. el público en sus casas podrá entonces pensar con calma, sin remordimientos, que ese adolescente era eso, un flaite, un ratero. lo peor.
ahí. ahí están cocinados los idearios sociales sobre el lenguaje. ridículos nosotros hablando de la igualdad de registro, casi como principio básico del ser humano, como derecho irrenunciable. ridículos nosotros. el adolescente agachó la cabeza y pidió perdón. no por robar. no por pitearse cosas de la casa. por hablar coa. pidió perdón por hablar.